La Utopía

Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré.

¿Para qué sirve la utopía?
Para eso sirve: para caminar
.
(Ventana sobre la Utopia. Eduardo Galeano.

CREO EN LA UTOPIA PORQUE LA REALIDAD ME PARECE IMPOSIBLE

miércoles, 13 de mayo de 2009

Atención Primaria. Especialidad Médico-Quirúrgica?


La Medicina de Familia es una especialidad que abarca conocimientos de prácticamente todos los ámbitos de la medicina: Neurología, Cardiología, Oftalmología, Ginecología, Obstetricia, Reumatología, Neumología, Alergología,Digestivo,Endocinología, Urología, Urgencias.........y además con un enfoque biopsicocial que le da matices únicos en el abordaje de estos pacientes.

Pero además ,no hay que olvidar que los Médicos de Familia somos Licenciados en Medicina y.......Cirugía. Además, uno de los servicios incluidos en la famosa cartera de servicios de todas las gerencias es la Cirugía menor, en la que se incluyen intervenciones como drenaje de abscesos, infiltraciones, cirugía de la uña incarnada, extirpación de nevus , quistes, trombosis hemorroidales e incluso tumores cutáneos.........todo ello con el consentimiento informado del paciente, con una buena aproximación diagnóstica y con un escrupuloso cumplimiento de los protocolos establecidos, incluyendo envío de la pieza a estudio anatomo-patológico. De esta manera ofertamos un servicio muy bién valorado por la población,con buenos índices de concordancia con la Atención especializada y que da calidad a nuestra labor como médicos, especialmente en el medio rural donde ,además, los pacientes agradecen el que les evites un viaje a la ciudad, a veces distante muchos kilómetros, para realizarles una intervención que puede hacerse en su centro de salud por su médico , en quién confía.


Pero , si esto es así, no es menos cierto que cada vez hay menos posibilidades de hacer cirugía menor en nuestros centros debido a la masificación a la que nos enfrentamos día tras día sin que haya gerencia ni servicio desalud que lo remedie. Conozco directores médicos que se oponían a que se realizaran en las guardias.....(estos politiquillos de vía estrecha). Sin embargo, el hecho de que hagamos cirugía ,aunque se llame menor, supone que de facto somos una Especialidad Medico-Quirúrgica,que se forma con 4 años de MIR y posteriormente con desarrollo profesional continuo. Y ,que yo sepa, todas las especialidades médico-quirúrgicas, tienen un día al menos en la semana en la que "tienen quirófano", y ése día ,lógicamente no pasan consulta los cirujanos de turno. ¿Porqué eso es así en la mal llamada Atención Especializada y no se hace algo parecido en la A. Primaria ? ¿No ha llegado la hora de reclamar de las gerencias, que si quieren incluir la cirugía menor e la cartera de servicios (que a mí me parece bién que así sea), digan que debemos tener unas horas a la semana ó un tiempo razonable en las demenciales agendas de cada día para efectuar este trabajo? ¿Porqué también somos discriminados en este tema como en otros muchos con el silencio cómplice de las gerencias ? Que alguien me lo explique ó de lo contrario nuestros representantes sindicales, coordinadores y gerentes deberían abordar y solucionar este tema cuanto antes, ó dejar de presumir que se hace cirugía menor para presentar estadísticas en sus mítines políticos cuando no facilitan que se haga. La esclavitud en España se abolió en 1837,por si alguien lo ignoraba.

martes, 12 de mayo de 2009

Mariposas Viejas. Relato en 3 entregas. (final)


Mientras esperaba a que llegara un autobús, Juana pensó que había muchos hospitales en este país y que no tenía que cerrarse las puertas. De pronto escuchó una voz familiar tras de sí y cuando volvió su rostro se encontró cara a cara con Claudia, la enfermera, vestida con el pijama blanco. ¿A dónde va?, preguntó Claudia, su padre acaba de despertar del coma, la necesita. Juana no le contestó y dirigió su mirada directamente al asfalto. Entonces Claudia lo entendió todo. No es su hija, dijo. Juana no dijo nada durante un tiempo. Luego dijo: perdóneme. La culpa recorría todo su ser. ¿Por qué lo hizo?, preguntó Claudia. Juana le contestó que estaba sola en el mundo y que su pensión no alcanzaba para un alquiler. Así que desde hace unos años mi vida es esta, dijo Juana, cuidar de viejas mariposas que ya no pueden valerse por sí mismas a cambio de alojamiento. La enfermera estaba asombrada. Juana le contó que había cuidado de enfermos de alzheimer a quienes había convencido de que eran familia: y había cuidado de comatosos y amnésicos, tetrapléjicos y discapacitados intelectuales, muertos cerebrales y esquizofrénicos, pero nunca había cuidado de una persona, digamos… consciente, como lo estaba ahora Francisco. Por eso me voy, dijo, y añadió: por favor, no le diga nada a nadie. A lo lejos se vio venir un autobús. La mujer se levantó. No se vaya, dijo Claudia, él quiere que vuelva, me ha pedido que salga a buscarla. No puedo, no tengo nada que hacer aquí, dijo Juana. Francisco no tiene a nadie más que a usted, dijo la enfermera, puede que no sea su hija, pero le ha cuidado como si lo fuera, y no le ha pedido nada a cambio.


Lo siguiente que sucedió fue que Juana se sentó en el sillón donde había pasado los últimos meses. Su paciente la miraba directamente a los ojos desde la cama, esta vez en posición de semisentado. Me han dicho todo lo que ha hecho por mí, dijo Francisco. Ella no le contestó. Siempre había sido muy tímida (tal vez por eso cuidaba de gente en coma o disminuida). Quiero que se quede, continuó Francisco, quédese conmigo, faltan semanas para que me den el alta, ¡quédese, por favor! Y se quedó. Volvió a leerle libros de la biblioteca, sólo que esta vez no eran de Agatha Christie, sino de Alejandro Dumas, que eran los que le gustaban a él. Con el tiempo, aprendieron a conocerse y todo volvió a adquirir una suerte de equilibrio difícil de explicar. Semanas después, sin previo aviso, Francisco sufrió una parada cardiorrespiratoria y murió.


En realidad Juana ya conocía el desenlace de esta historia. Había representado el papel de hija apenada docenas de veces (papel que no era un papel, sino una forma de vida). Le lloró sinceramente, como siempre lloraba a los ancianos que cuidaba, pero esta vez, si cabe, lo hizo con más sentimiento, porque era la primera vez que uno de sus pacientes conocía la verdad, y la había aceptado incondicionalmente. Después de hablar con el médico (el médico seguía creyendo que era su hija y la trató como tal; la única que conocía la verdad era Claudia, la enfermera, quien por lo visto no había dicho nada a nadie) rebuscó entre los papeles de Francisco y encontró el número de la funeraria. Llamó y comunicó el fallecimiento. A continuación bajó hasta el tanatorio del hospital, que era frío y de color marrón pálido, y acompañó el cadáver de su amigo hasta que llegó el hombre de la funeraria, el señor Ramón. Éste la reconoció, abrió los ojos de par en par y dijo: ¿Cuántos padres tiene usted? Un padre y muchos padrastros, contestó Juana, y de nuevo se vio eligiendo el tipo de ataúd, las flores, la misa, y los panegíricos. De nuevo se despidió del señor Ramón y de nuevo se sintió sola en el mundo.

Antes de marcharse pasó a despedirse de Claudia. Le dio las gracias por todo (fundamentalmente por no delatarla) y le dijo que se marchaba. Se abrazaron. La enfermera le dijo que se cuidase mucho. Y Juana dijo: igualmente. Después, Claudia sacó una carta que llevaba el nombre de Juana y se la entregó. Francisco me dijo que se la diera si todo iba mal, dijo. Y todo ha ido mal, ¿verdad? Sí, todo ha ido mal. En el autobús Juana abrió la carta de Francisco y su contenido la dejó total y absolutamente perpleja. Decía que estas últimas semanas habían sido las mejores de su vida; que se había sentido feliz y contento de haber podido contar con alguien en sus últimas horas, y que por eso ( entre otras muchas cosas) Francisco la nombraba heredera universal de su fortuna (valorada en varios millones de euros). Luego aparecían escritos ciertos detalles técnicos como que la lectura de testamento se haría efectiva una semana después de su fallecimiento en la calle Soler número 17 con el notario Nando López, etcétera. Juana sonrió. En verdad su vida había cambiado. Estaba contenta. Muy contenta. ¿Cómo iba a ser de otro modo? Ahora tenía dinero. Sin embargo algo la entristecía. Cuidar de la gente no estaba tan mal, pensó. Juana volvió a leer la carta. La leyó varias veces. Muchas veces. La parte que más le gustaba no era la que anunciaba su inminente fortuna, sino las últimas líneas, que decían: “gracias por su compañía” y estaba firmadas con un: “su eterno amigo, Francisco López.”

lunes, 11 de mayo de 2009

Mariposas Viejas. Relato en 3 entregas. (2ª parte)


No asistió al funeral. No se preocupó por la exigua herencia. No hizo nada de lo que se esperaría haría una hija. Era como si tras la muerte de su padre, todo hubiera terminado, y con todo nos referimos a su propia vida. Bajó del autobús y se metió en el primer hospital que pudo encontrar. No sabía ni en que provincia se encontraba. Deambuló por sus pasillos durante varias horas. El olor le resultaba familiar. Ya saben, olor a hospital. Por un lado sintió lástima y por otro se sintió como en casa. Cuando sobrevino el cansancio se sentó en la sala de espera y echó una cabezada. Más tarde volvió a su ronda por los pasillos hasta que encontró lo que había venido a buscar: un hombre muy mayor tumbado sobre una cama en una habitación solitaria. Se dio cuenta de que durante horas, nadie que no fuera personal sanitario había cruzado el umbral de la puerta. Así que se armó de valor y entró. Miró al hombre que yacía sobre la cama. Se parecía un poco a ella: la misma forma de la nariz y los pómulos, el mismo tamaño de los ojos y los labios. Se dio cuenta de que no estaba bien alineado sobre el colchón. Así que lo recolocó, le ahuecó la almohada y más tarde le hidrató bien las piernas que, a su juicio, estaban demasiado secas. Cuando lo tuvo bien compuesto se sentó en la silla del acompañante y se quedó dormida. Por la noche llegó la enfermera con la medicación. ¡Hola!, dijo sorprendida, pues no había visto a ningún familiar de Francisco en los dos meses que llevaba ingresado. ¿Es usted su hija?, preguntó. Juana no dijo nada, pero debió mover un poco la barbilla de arriba abajo porque la enfermera se puso muy contenta y se presentó. Después de hablar un rato le trajo una manta y una botella de agua. Puede dormir en aquel sillón, si se inclina hacia atrás es bastante cómodo, dijo la enfermera. Y se marchó. Juana durmió toda la noche de un tirón. Desde luego era más cómodo aquel sillón que el banco de una estación.


A la mañana siguiente bajó a la cafetería a desayunar y luego pidió jabón, palanganas y todo lo necesario para lavar a Francisco. Las enfermeras del turno de mañana estuvieron contentas: les quitaba trabajo. Y Juana también estuvo contenta: se sentía útil y tenía un lugar donde dormir. De modo que lo acicaló y después le hidrató bien toda la piel con crema, para finalmente echar un poco de colonia sobre el cuello, el pijama y las sábanas. La verdad es que lo tenía hecho un pincel. Le hacía cambios posturales cada tres horas. Lo limpiaba y le cambiaba el pañal cuando hacía falta. Le movilizaba las extremidades para que no se anquilosaran. Y, además, tenía la habitación limpia, recogida y ordenada. Nunca armaba ruido y siempre que podía charlaba con las enfermeras. Para comer, bajaba tres veces al día a la cafetería del hospital. No cometía excesos (salvo una ligera adicción al café: le encantaba el café y lo toleraba bastante bien). Usaba con discreción el baño de la habitación. Allí lavada los tres vestidos negros que poseía y su ropa interior. Usaba para ella el mismo jabón de hospital que usaba con Francisco. Por las tardes, después de la sobremesa, Juana le leía cuentos. Bueno, en realidad no eran cuentos, sino novelas de misterio de Agatha Christie, que eran las que le gustaban a ella, y aunque sabemos que no tenía dinero, los encontraba rebuscando entre los viejos libros de la biblioteca del hospital. En cualquier caso ella le leía y él le respondía. No con palabras, claro. Con gestos. Gestos sutiles que ella comprendía a la perfección. Y pese a que muchos sanitarios se habían preocupado de decirle que Francisco estaba en coma y que no entendía nada, Juana sabía que no era cierto. Lo había comprobado por sí misma. Cuando estaba incómodo podía detectar una ligera tensión en su rostro. Y del mismo modo, cuando le leía, sentía que los músculos de su cara cedían a un placer sutil, pero innegable. Juana aprendió a comunicarse con Francisco. Por su tensión corporal y las señales de su rostro llegó a adivinar cuándo tenía sucio el pañal y cuándo estaba incómodo. También cuándo le hacía daño movilizando sus extremidades y cuándo sentía placer con sus masajes hidratantes. Y así, sumida en esta rutina, pasaron varios meses. Hasta que un día vino la enfermera que había conocido a su llegada y le dijo: estoy muy contenta de que esté usted aquí, Juana, todas pensábamos que Francisco era un indigente sin hogar ni familia, pero desde que usted lo cuida está mucho mejor, no me malentienda, nosotras lo cuidamos bien, no se piense, pero el tiempo es limitado y hay mucho trabajo y muchos pacientes. Yo también estoy contenta de estar con él, dijo Juana, y lo que hago, lo hago a gusto. Siempre es un placer hablar con usted, Juana, aunque nosotras le debemos parecer todas iguales, dijo la enfermera (se llamaba Claudia). Para nada, dijo Juana, no son todas iguales, algunas de ustedes son más humanas que otras. Se brindaron una sonrisa y se despidieron. Entonces llegó la hora de comer y como siempre Juana bajó al comedor, donde los precios eran bastante económicos. Cuando volvió a su habitación se encontró con un gran revuelo. Allí estaba el médico y el residente, la enfermera y una auxiliar. ¡Ha despertado!, gritó Claudia, ¡Su padre ha despertado! Juana no lo podía creer, pero se encontró sin remedio abocada frente al hombre que había cuidado durante meses. Debe estar contenta, dijo el médico, mejorías tan espectaculares no se ven todos los días, es casi un milagro. ¡Nada de eso, dijo Claudia, es que su hija lo ha cuidado muy bien! ¿Dónde estoy?, preguntó Francisco con hilo de voz (una voz que no había utilizado en muchísimo tiempo). En el hospital, dijo el doctor. ¿Y quién es esta mujer?, preguntó Francisco. Juana se puso blanca como la pared. ¿Quién va a ser?, dijo la enfermera, ¡es su hija! El enfermo pregunto que desde cuándo tenía una hija. Y el doctor le contestó que desde siempre; lo que sucedía es que el coma le había afectado la memoria. Amnesia, dijo, tiene usted amnesia. ¿Amnequé…?, dijo Francisco. Bueno, será mejor que les dejemos solos, tendrán mucho de qué hablar, afirmó Claudia. Y se marcharon, dejando a Juana y a Francisco solos en la habitación. Entonces los dos se miraron y se sintieron como dos perfectos desconocidos compartiendo la intimidad de una habitación. Por fin, Juana no pudo soportarlo más. Recogió sus cosas, las metió en su maleta y, mirando directamente a los ojos de Francisco (ojos que por primera vez, como decimos, se adivinaban azules) dijo: lo siento mucho. Y se marchó de allí. ( Continuará y finalizará mañana)

Mariposas Viejas. Relato en 3 entregas (1)


Hoy os voy a transcribir la primera parte de una serie de tres capítulos , del relato que fué premiado en el Congreso Nacional de Comunicación al que he tenido la suerte de asistir. Lo he fraccionado en tres entregas porque es un poco largo para un post. Como me pareció fantástico quiero compartirlo con todos los que quieran leerlo. A mí me ha conmovido volver a leerlo. Y lo releeré al volver a casa tras más de una guardia. Espero que os guste.


Mariposas viejas
Universidad de las Islas Baleares
Benito Rodríguez, Óscar


Con mi cara de ataúd y

mis mariposas viejas

yo también me hago presente

en esta solemne fiesta.

NICANOR PARRA



Se estaba muriendo, no había duda. De su garganta surgían los estertores que anunciaban la muerte y su rostro de noventa años, chupado como el cuero viejo, descansaba sobre la cama de una aséptica habitación de hospital que contrastaba con su agonía: paredes blancas, suelo gris, y olor a lejía y desinfectante. Ella estaba allí, mirándole. Ella se llamaba Juana, tenía 68 años y era pobre como una rata. Estaban solos. No había nadie en el mundo salvo ella y aquel hombre que agonizaba. Juana sostenía la mano de su padre mientras le acariciaba el pelo. Los médicos decían que no podía sentir nada, porque su estado era semicomatoso, pero a Juana no le importaba. Le había velado durante meses y sabía que podía oírla y sentirla. Sí, sabía todo eso por sus noches en vela y sus días rotos; noches y días silenciosos por otro lado, a excepción de esa respiración ronca y entrecortada, mezclada (a veces) con los ruidos del pasillo. De pronto, su respiración se detuvo y Juana sintió el alma en vilo. Pero luego regresaron los estertores. Y más tarde llegó otro silencio. Y luego el ruido de estertores. Y después el silencio. Hasta que al final no hubo más estertores y Juana supo que todo había terminado. De modo que le dio un beso en la frente (todavía caliente) y se tendió a llorar sobre el cadáver. Después de unos quince minutos salió al pasillo y llamó a la enfermera. Le dijo que su padre había muerto. La enfermera le contestó: lo siento, y luego añadió que llamaría al médico para que certificase la muerte. A continuación le hizo un electro cardiograma al hombre (o al cadáver del hombre). Antes de salir de la habitación le preguntó a Juana sobre el seguro y Juana no supo qué contestar. Así que se puso a hurgar en la cartera de su padre y allí encontró el número de teléfono de la funeraria. Llamó desde el teléfono de la habitación porque no tenía móvil. No lo había tenido en su vida y no iba a comprarlo ahora. En fin, se dijo, y marcó. Al otro lado de la línea le atendió una joven que le indicó que inmediatamente se desplazaría allí el señor Ramón. Juana se sentó y esperó. Entonces aparecieron el médico y la enfermera. El médico era bajito, grueso y tenía ojeras y cara de sueño (no en vano era de madrugada). Lo que hizo fue auscultar el cadáver y aseverar que efectivamente era un cadáver. A continuación anotó en una libreta la hora de la muerte para rellenar el certificado de defunción. Fue entonces cuando miró a Juana, que estaba sentada en el sillón del acompañante, y dijo: la acompaño en el sentimiento. Ella dijo: gracias, y movió la cabeza con afectación. La enfermera la hizo salir para arreglar el cuerpo y ella aprovechó para sacar un café de la máquina y esperar en el tanatorio. Entonces pensó que el hospital había sido su casa en los últimos meses y que esa era su última noche allí. Sintió lástima. Por extraño que parezca se había acostumbrado a vivir entre enfermos. Y mientras pensaba estas cosas y se tomaba el café, llegó el hombre de la funeraria. ¿Es usted la hija de Inocencio?, dijo el hombre. Sí, dijo Juana. Le acompaño en el sentimiento. Gracias. Entonces Juana eligió el tipo de ataúd, las flores, la misa, y los panegíricos. Y cuando todos los cabos estuvieron bien atados se despidió del señor Ramón, cogió el autobús y se marchó de la ciudad.

¡Cuidado con los Antidepresivos a largo plazo!


Un estudio publicado en American Journal of Psichiatric alerta sobre la posibilidad de que los IRSS y en especial la Paroxetina y la Amitriptilina utilizadas durante un periodo mayor de 2 años puede incrementar el riesgo de desarrollar Diabetes.

El aumento de peso podría explicar la relación entre el uso de antidepresivos y la diabetes, de acuerdo con este estudio publicado en la revista American Journal of Psychiatry.
El estudio incluyó a 165.958 pacientes que recibieron al menos una nueva prescripción de un antidepresivo entre 1990 y 2005. Para ser incluidos en el estudio, los pacientes debían tener al menos 30 años de edad, no estar diagnosticados de diabetes o de tolerancia alterada a la glucosa y haber estado diagnosticados con depresión durante los 180 días previos o los 90 días posteriores al inicio del estudio. Se identificaron un total de 2.243 casos de diabetes mellitus.

De confirmarse estos datos deberíamos cribar esta posibilidad entre nuestros pacientes que deben tomar estos fármacos durante largo tiempo ó de forma indefinida. Estaremos alerta.

domingo, 10 de mayo de 2009

El valor de la Comunicación



El valor de la comunicación estriba no sólo en la información que compartimos, sino también en las emociones que compartimos.
En los primeros momentos de la entrevista, una sonrisa, una mirada directa y franca, una palabra de bienvenida dicha en tono y manera cordial..., todo ello colorea el espacio de buenas vibraciones.

Hay varios momentos clave en cada encuentro:
Cuando recibimos al paciente: nunca tendremos una segunda oportunidad de causar una primera buena impresión.
El segundo momento clave es cuando preguntamos. ¿Qué valora el paciente?
Pues, sobre todo, nuestra atención. Si en la manera de recibirle juzgaba la cordialidad,
ahora lo que trata de captar es si su caso nos interesa o si, por el contrario, lo descartamos antes de tener datos suficientes. Los pacientes son muy listos, de manera que asumen que si tenemos bastantes datos pasamos a la fase resolutiva de la entrevista. Pero si quedan cosas importantes por decir, y si tratando de decirlas
no les dejamos..., nos suspenden.
El tercer momento clave es cuando declaran o nos informan de aspectos íntimos. O cuando nos ofrecen una sonrisa. Aquí la empatía debe ser nuestra piedra de clave y hacer al paciente que se sienta comprendido, acogido y correspondido
Finalmente, la despedida. Toda la entrevista puede haber funcionado con corrección, pero en el último minuto se estropea... porque de nuevo aflora la impaciencia. Imagine que el paciente nos dice: “¿nos vemos en una semana ó así para seguir hablando de esto?”, y usted responde exasperado: “¡No, no!, con que venga en un mes ya vale”, en un tono de impaciencia que delata que estábamos deseando que se marchara, en vez de decirle: “pues me parece bién que nos veamos en un mes aproximadamente para seguirle controlando este proceso como se merece”, con lo que el paciente saldrá más reconfortado aún y con la impresión de que nos preocupamos por su problema.

Todo esto no se valora en la cartera de servicios, y si embargo la comunicación con el paciente es la clave que debería guiar todo el proceso. La comunicación con el paciente es como los ceros en matemáticas: puestos a la izquierda no valen nada pero si los ponemos a la derecha multiplican el valor de lo que teníamos.

jueves, 7 de mayo de 2009

La Jerarquía Hospitalaria

El Hospital , además de ser el "templo de la sabiduría" actual de la medicina (según opinión de muchos, entre los que no me cuento) , sigue estando organizado según una jerarquía medieval:

La cabeza de esta jerarquía es el Director Médico. Como decía un blog que recomiendo leer:"El Director Médico es, esencialmente, un político. Suele tratarse de un médico al que no le gusta hacer de médico y que en virtud de méritos a menudo dudosos ha alcanzado una poltrona en un despacho con parquet y con una secretaria en la puerta. No dejan de ser personajes esencialmente interinos, cuya continuidad depende de los vaivenes de la política, antaño nacional y hoy en día autonómica. El interés que tienen por los pacientes resulta perfectamente descriptible, y su principal preocupación es lidiar con la jauría que tienen subordinada."
Luego hay un gran señor que es el Jefe de Servicio que es dueño de vidas y haciendas , con sus tierras ,sus aliados , sus enemigos y sus guerras particulares.Los Jefes de Servicio están a menudo enfrentados entre ellos a causa de la defensa del territorio de cada uno; luego están algunos barones que serían los Jefes de sección con cierta autonomía aparente para organizar su sección, pero sometido a la voluntad de su señor y sin posibilidad de innovar ó emprender mejoras importantes en sus actividades si el gran jefe no lo ve con buenos ojos, lo que da lugar a que excelentes profesionales se frustren en dicho servicio y opten por irse a otro Hospital donde haya un Jefe de Servicio más inteligente (que los hay) ó quedarse en el mismo sitio aceptando el principio de autoridd establecido y que anula a todo aquel que ose saber más que el Jefe.

Luego están los adjuntos que están al final de la cadena de mando y son la tropa de choque (hay muchos que son interinos para más inri) y que si quieren aspirar alguna vez a una jefatura ó a cargos de responsabilidad ó disponer de tiempo para la investigación deben aprender a nadar y guardar la ropa mientras sueñan con un relevo en la jefatura que pudiera traer aire fresco al servicio y dar cancha a todo el potencial que tienen para mejorar como médicos y como servicio dentro del hospital.
Por último están los Residentes, que son como el pueblo en la época feudal, la mano de obra barata que saca el trabajo duro adelante y que ambicionan en los días de trabajo a destajo el poder quedarse en ese servicio si son dóciles al poder establecido.

Por supuesto, dentro de esta organización feudal hay también sus clases: los servicios centrales como Laboratorio, Radiología, Cirugía General... tienen más poder dentro del "castillo hospitalario " y lo ejercen sutilmente si llega el caso.

Aún así , hay que reconocer que existen excelentes profesionales en todos los servicios del país, que pelean cada día por hacer mejor su trabajo, muchas veces ya de por sí excelente, y que merecerían mejor suerte si alguién ,alguna vez , pone en práctica lo de evitar las jefaturas vitalicias y contar con la opinión de los componentes del servicio para dar las jefaturas temporales. De lo contrario , seguirá pasando lo que ilustra la siguiente caricatura:




















Aunque hay todavía mucha gente que dice que el verdadero poder en el hospital lo ostentan las señoras de la limpieza. ¿Quién sabe?