La Utopía

Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré.

¿Para qué sirve la utopía?
Para eso sirve: para caminar
.
(Ventana sobre la Utopia. Eduardo Galeano.

CREO EN LA UTOPIA PORQUE LA REALIDAD ME PARECE IMPOSIBLE
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sábado, 13 de marzo de 2010

En Homenaje a Delibes

- Se nos ha ido Miguel Delibes el escritor que nos enseñó a tantos jóvenes de nuestra generación a saborear los detalles de la vida, a conocer a fondo a las personas aunque se tratara de pobres diablos "de la ruralidad" como él mismo decía. La mejor forma de recordarlo y de homenajearlo es leyendo sus novelas:
- La hoja roja, sobre el final de la vida. En los librillos de papeles de fumar , la última hoja era una hoja roja, lo que aprovecha para hacer una reflexión extraordinaria sobre esa etapa que todos tememos y que sin embargo debemos vivir como parte esencial de la vida.

- El hereje , la novela que nos hace recorrer una etapa de la historia de España que muchos creemos podría haber sido distinta de no haberse destruido la convivencia de lass tres culturas y que tiene un ritmo apasionante y unas descripciones, como sólo Delibes sabía hacer.

- Cinco horas con Mario: una de sus obras maestras ,un monólogo estremecedor y bellísimo que tuve la suerte de ver interpretar en Madrid a Lola Herrera, de forma sublime

- El Príncipe destronado : una adaptación entrañable de esta novela fué la película del maestro A.Mercero "La guerra de Papá" , la historia de Quico, un niño de cuatro años que es el quinto de seis hermanos y que se ve desplazado de la atención de su familia con la llegada de su hermana pequeña, publicado por Delibes en 1973.






- Los Santos Inocentes: Magistralmente escrita y posteriormente llevada al cine en una fantástica e inolvidable película de Mario Camus con los personajes irrepetibles del Azarías (Paco Rabal) y Paco (Alfredo Landa) que dan un repaso extraordinario a esa época de la historia de España:





Con Delibes muere una época en que los libros eran más importantes que la televisión y en que como él mismo dijo "los niños se quedaban boquiabiertos oyendo al abuelo contar historias ,mientras que ahora es el abuelo quién debe ver la tele porque nadie le hace caso".....Su prosa fué merecedora del Nóbel pero ya se sabe que hay otros factores , al margen de la calidad literaria, que en este mundo corrupto , hacen que haya autores como él que jamás lo reciban. Aunque él sólo quería que lo recordaran como una buena persona. A fé que lo era.

viernes, 26 de febrero de 2010

Aprender a pensar

Sir Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nóbel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:


"Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado a un problema de física, pese a que el muchacho afirmaba rotundamente que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes acordaron pedir el arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo.


Leí la pregunta del examen y decía: ¿Cómo mediría la altura de un edificio con un barómetro?:


El estudiante había respondido:Llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga. Lo descuelgo hasta la base del edificio, marco y mido. La longitud de la cuerda es igual a la altura del edificio.El estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio porque había respondido a la pregunta correctamente.


Pero, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudio, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel. Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera a la misma pregunta, pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física.


Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara.


En el minuto que le quedaba, escribió la siguiente respuesta:Tomo el barómetro y lo dejo caer a la calle desde la azotea del edificio. Mido el tiempo de caída con un cronómetro. Después aplico la formula de la caída libre y así obtengo la altura del edificio.En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta y lo despidió.Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta.-Bueno -respondió, -hay muchas respuestas. Por ejemplo, tomas el barómetro en un día soleado y mides su altura y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos fácilmente la altura del edificio.- Perfecto - le dije, - ¿y hay otra solución?- Si, - contestó - éste es un procedimiento muy elemental para medir un edificio, pero también sirve. En este método, tomas el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro en la pared y cuentas el numero de marcas hasta la azotea. Multiplicas la altura del barómetro por el numero de marcas que has hecho y ya tienes la altura.Es un método muy directo, por supuesto.


Si lo que se quiere es un procedimiento más sofisticado, se puede atar el barómetro a una cuerda para descolgarlo desde la azotea hasta la calle y se mueve como si fuera un péndulo. Así se puede calcular la altura midiendo su período de oscilación.


En fin, concluyó, existen otras muchas maneras pero, probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con él la puerta de la casa de la portera. Cuando abra, decirle: "Señora portera, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo".En ese momento de la conversación, pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema: la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos.- Ciertamente la conozco, pero durante mis estudios, los profesores han intentado enseñarme a pensar.



El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nóbel de física en 1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones orbitando a su alrededor. Fue un innovador de la teoría cuántica.


Pero, al márgen del personaje, lo esencial de esta anécdota es que LE HABÍAN ENSEÑADO A PENSAR.Aprendamos a pensar: un problema generalmente tiene una sóla respuesta pero hay mil formas de llegar a ella, lo auténticamente genial es elegir la solución más práctica y rápida de forma que podamos acabar con el problema de raíz... y dedicarnos a otras cosas

martes, 17 de noviembre de 2009

15 Días en Agosto

"Por la mañana, seas hombre o mujer, te afeites o te maquilles, escribes el guión de tu jornada, después suena el teléfono y tira por tierra tu guión, porque el guión de otro interfiere en el tuyo. Así es la vida."
Joseph. L. MANKIEWICZ, director de cine


Este vídeo de Edu Gonzalez resume perfectamente la sociedad occidental de hoy , incluyendo las fobias tipo Gripe A . Sobran las palabras:


martes, 12 de mayo de 2009

Mariposas Viejas. Relato en 3 entregas. (final)


Mientras esperaba a que llegara un autobús, Juana pensó que había muchos hospitales en este país y que no tenía que cerrarse las puertas. De pronto escuchó una voz familiar tras de sí y cuando volvió su rostro se encontró cara a cara con Claudia, la enfermera, vestida con el pijama blanco. ¿A dónde va?, preguntó Claudia, su padre acaba de despertar del coma, la necesita. Juana no le contestó y dirigió su mirada directamente al asfalto. Entonces Claudia lo entendió todo. No es su hija, dijo. Juana no dijo nada durante un tiempo. Luego dijo: perdóneme. La culpa recorría todo su ser. ¿Por qué lo hizo?, preguntó Claudia. Juana le contestó que estaba sola en el mundo y que su pensión no alcanzaba para un alquiler. Así que desde hace unos años mi vida es esta, dijo Juana, cuidar de viejas mariposas que ya no pueden valerse por sí mismas a cambio de alojamiento. La enfermera estaba asombrada. Juana le contó que había cuidado de enfermos de alzheimer a quienes había convencido de que eran familia: y había cuidado de comatosos y amnésicos, tetrapléjicos y discapacitados intelectuales, muertos cerebrales y esquizofrénicos, pero nunca había cuidado de una persona, digamos… consciente, como lo estaba ahora Francisco. Por eso me voy, dijo, y añadió: por favor, no le diga nada a nadie. A lo lejos se vio venir un autobús. La mujer se levantó. No se vaya, dijo Claudia, él quiere que vuelva, me ha pedido que salga a buscarla. No puedo, no tengo nada que hacer aquí, dijo Juana. Francisco no tiene a nadie más que a usted, dijo la enfermera, puede que no sea su hija, pero le ha cuidado como si lo fuera, y no le ha pedido nada a cambio.


Lo siguiente que sucedió fue que Juana se sentó en el sillón donde había pasado los últimos meses. Su paciente la miraba directamente a los ojos desde la cama, esta vez en posición de semisentado. Me han dicho todo lo que ha hecho por mí, dijo Francisco. Ella no le contestó. Siempre había sido muy tímida (tal vez por eso cuidaba de gente en coma o disminuida). Quiero que se quede, continuó Francisco, quédese conmigo, faltan semanas para que me den el alta, ¡quédese, por favor! Y se quedó. Volvió a leerle libros de la biblioteca, sólo que esta vez no eran de Agatha Christie, sino de Alejandro Dumas, que eran los que le gustaban a él. Con el tiempo, aprendieron a conocerse y todo volvió a adquirir una suerte de equilibrio difícil de explicar. Semanas después, sin previo aviso, Francisco sufrió una parada cardiorrespiratoria y murió.


En realidad Juana ya conocía el desenlace de esta historia. Había representado el papel de hija apenada docenas de veces (papel que no era un papel, sino una forma de vida). Le lloró sinceramente, como siempre lloraba a los ancianos que cuidaba, pero esta vez, si cabe, lo hizo con más sentimiento, porque era la primera vez que uno de sus pacientes conocía la verdad, y la había aceptado incondicionalmente. Después de hablar con el médico (el médico seguía creyendo que era su hija y la trató como tal; la única que conocía la verdad era Claudia, la enfermera, quien por lo visto no había dicho nada a nadie) rebuscó entre los papeles de Francisco y encontró el número de la funeraria. Llamó y comunicó el fallecimiento. A continuación bajó hasta el tanatorio del hospital, que era frío y de color marrón pálido, y acompañó el cadáver de su amigo hasta que llegó el hombre de la funeraria, el señor Ramón. Éste la reconoció, abrió los ojos de par en par y dijo: ¿Cuántos padres tiene usted? Un padre y muchos padrastros, contestó Juana, y de nuevo se vio eligiendo el tipo de ataúd, las flores, la misa, y los panegíricos. De nuevo se despidió del señor Ramón y de nuevo se sintió sola en el mundo.

Antes de marcharse pasó a despedirse de Claudia. Le dio las gracias por todo (fundamentalmente por no delatarla) y le dijo que se marchaba. Se abrazaron. La enfermera le dijo que se cuidase mucho. Y Juana dijo: igualmente. Después, Claudia sacó una carta que llevaba el nombre de Juana y se la entregó. Francisco me dijo que se la diera si todo iba mal, dijo. Y todo ha ido mal, ¿verdad? Sí, todo ha ido mal. En el autobús Juana abrió la carta de Francisco y su contenido la dejó total y absolutamente perpleja. Decía que estas últimas semanas habían sido las mejores de su vida; que se había sentido feliz y contento de haber podido contar con alguien en sus últimas horas, y que por eso ( entre otras muchas cosas) Francisco la nombraba heredera universal de su fortuna (valorada en varios millones de euros). Luego aparecían escritos ciertos detalles técnicos como que la lectura de testamento se haría efectiva una semana después de su fallecimiento en la calle Soler número 17 con el notario Nando López, etcétera. Juana sonrió. En verdad su vida había cambiado. Estaba contenta. Muy contenta. ¿Cómo iba a ser de otro modo? Ahora tenía dinero. Sin embargo algo la entristecía. Cuidar de la gente no estaba tan mal, pensó. Juana volvió a leer la carta. La leyó varias veces. Muchas veces. La parte que más le gustaba no era la que anunciaba su inminente fortuna, sino las últimas líneas, que decían: “gracias por su compañía” y estaba firmadas con un: “su eterno amigo, Francisco López.”

lunes, 11 de mayo de 2009

Mariposas Viejas. Relato en 3 entregas. (2ª parte)


No asistió al funeral. No se preocupó por la exigua herencia. No hizo nada de lo que se esperaría haría una hija. Era como si tras la muerte de su padre, todo hubiera terminado, y con todo nos referimos a su propia vida. Bajó del autobús y se metió en el primer hospital que pudo encontrar. No sabía ni en que provincia se encontraba. Deambuló por sus pasillos durante varias horas. El olor le resultaba familiar. Ya saben, olor a hospital. Por un lado sintió lástima y por otro se sintió como en casa. Cuando sobrevino el cansancio se sentó en la sala de espera y echó una cabezada. Más tarde volvió a su ronda por los pasillos hasta que encontró lo que había venido a buscar: un hombre muy mayor tumbado sobre una cama en una habitación solitaria. Se dio cuenta de que durante horas, nadie que no fuera personal sanitario había cruzado el umbral de la puerta. Así que se armó de valor y entró. Miró al hombre que yacía sobre la cama. Se parecía un poco a ella: la misma forma de la nariz y los pómulos, el mismo tamaño de los ojos y los labios. Se dio cuenta de que no estaba bien alineado sobre el colchón. Así que lo recolocó, le ahuecó la almohada y más tarde le hidrató bien las piernas que, a su juicio, estaban demasiado secas. Cuando lo tuvo bien compuesto se sentó en la silla del acompañante y se quedó dormida. Por la noche llegó la enfermera con la medicación. ¡Hola!, dijo sorprendida, pues no había visto a ningún familiar de Francisco en los dos meses que llevaba ingresado. ¿Es usted su hija?, preguntó. Juana no dijo nada, pero debió mover un poco la barbilla de arriba abajo porque la enfermera se puso muy contenta y se presentó. Después de hablar un rato le trajo una manta y una botella de agua. Puede dormir en aquel sillón, si se inclina hacia atrás es bastante cómodo, dijo la enfermera. Y se marchó. Juana durmió toda la noche de un tirón. Desde luego era más cómodo aquel sillón que el banco de una estación.


A la mañana siguiente bajó a la cafetería a desayunar y luego pidió jabón, palanganas y todo lo necesario para lavar a Francisco. Las enfermeras del turno de mañana estuvieron contentas: les quitaba trabajo. Y Juana también estuvo contenta: se sentía útil y tenía un lugar donde dormir. De modo que lo acicaló y después le hidrató bien toda la piel con crema, para finalmente echar un poco de colonia sobre el cuello, el pijama y las sábanas. La verdad es que lo tenía hecho un pincel. Le hacía cambios posturales cada tres horas. Lo limpiaba y le cambiaba el pañal cuando hacía falta. Le movilizaba las extremidades para que no se anquilosaran. Y, además, tenía la habitación limpia, recogida y ordenada. Nunca armaba ruido y siempre que podía charlaba con las enfermeras. Para comer, bajaba tres veces al día a la cafetería del hospital. No cometía excesos (salvo una ligera adicción al café: le encantaba el café y lo toleraba bastante bien). Usaba con discreción el baño de la habitación. Allí lavada los tres vestidos negros que poseía y su ropa interior. Usaba para ella el mismo jabón de hospital que usaba con Francisco. Por las tardes, después de la sobremesa, Juana le leía cuentos. Bueno, en realidad no eran cuentos, sino novelas de misterio de Agatha Christie, que eran las que le gustaban a ella, y aunque sabemos que no tenía dinero, los encontraba rebuscando entre los viejos libros de la biblioteca del hospital. En cualquier caso ella le leía y él le respondía. No con palabras, claro. Con gestos. Gestos sutiles que ella comprendía a la perfección. Y pese a que muchos sanitarios se habían preocupado de decirle que Francisco estaba en coma y que no entendía nada, Juana sabía que no era cierto. Lo había comprobado por sí misma. Cuando estaba incómodo podía detectar una ligera tensión en su rostro. Y del mismo modo, cuando le leía, sentía que los músculos de su cara cedían a un placer sutil, pero innegable. Juana aprendió a comunicarse con Francisco. Por su tensión corporal y las señales de su rostro llegó a adivinar cuándo tenía sucio el pañal y cuándo estaba incómodo. También cuándo le hacía daño movilizando sus extremidades y cuándo sentía placer con sus masajes hidratantes. Y así, sumida en esta rutina, pasaron varios meses. Hasta que un día vino la enfermera que había conocido a su llegada y le dijo: estoy muy contenta de que esté usted aquí, Juana, todas pensábamos que Francisco era un indigente sin hogar ni familia, pero desde que usted lo cuida está mucho mejor, no me malentienda, nosotras lo cuidamos bien, no se piense, pero el tiempo es limitado y hay mucho trabajo y muchos pacientes. Yo también estoy contenta de estar con él, dijo Juana, y lo que hago, lo hago a gusto. Siempre es un placer hablar con usted, Juana, aunque nosotras le debemos parecer todas iguales, dijo la enfermera (se llamaba Claudia). Para nada, dijo Juana, no son todas iguales, algunas de ustedes son más humanas que otras. Se brindaron una sonrisa y se despidieron. Entonces llegó la hora de comer y como siempre Juana bajó al comedor, donde los precios eran bastante económicos. Cuando volvió a su habitación se encontró con un gran revuelo. Allí estaba el médico y el residente, la enfermera y una auxiliar. ¡Ha despertado!, gritó Claudia, ¡Su padre ha despertado! Juana no lo podía creer, pero se encontró sin remedio abocada frente al hombre que había cuidado durante meses. Debe estar contenta, dijo el médico, mejorías tan espectaculares no se ven todos los días, es casi un milagro. ¡Nada de eso, dijo Claudia, es que su hija lo ha cuidado muy bien! ¿Dónde estoy?, preguntó Francisco con hilo de voz (una voz que no había utilizado en muchísimo tiempo). En el hospital, dijo el doctor. ¿Y quién es esta mujer?, preguntó Francisco. Juana se puso blanca como la pared. ¿Quién va a ser?, dijo la enfermera, ¡es su hija! El enfermo pregunto que desde cuándo tenía una hija. Y el doctor le contestó que desde siempre; lo que sucedía es que el coma le había afectado la memoria. Amnesia, dijo, tiene usted amnesia. ¿Amnequé…?, dijo Francisco. Bueno, será mejor que les dejemos solos, tendrán mucho de qué hablar, afirmó Claudia. Y se marcharon, dejando a Juana y a Francisco solos en la habitación. Entonces los dos se miraron y se sintieron como dos perfectos desconocidos compartiendo la intimidad de una habitación. Por fin, Juana no pudo soportarlo más. Recogió sus cosas, las metió en su maleta y, mirando directamente a los ojos de Francisco (ojos que por primera vez, como decimos, se adivinaban azules) dijo: lo siento mucho. Y se marchó de allí. ( Continuará y finalizará mañana)

Mariposas Viejas. Relato en 3 entregas (1)


Hoy os voy a transcribir la primera parte de una serie de tres capítulos , del relato que fué premiado en el Congreso Nacional de Comunicación al que he tenido la suerte de asistir. Lo he fraccionado en tres entregas porque es un poco largo para un post. Como me pareció fantástico quiero compartirlo con todos los que quieran leerlo. A mí me ha conmovido volver a leerlo. Y lo releeré al volver a casa tras más de una guardia. Espero que os guste.


Mariposas viejas
Universidad de las Islas Baleares
Benito Rodríguez, Óscar


Con mi cara de ataúd y

mis mariposas viejas

yo también me hago presente

en esta solemne fiesta.

NICANOR PARRA



Se estaba muriendo, no había duda. De su garganta surgían los estertores que anunciaban la muerte y su rostro de noventa años, chupado como el cuero viejo, descansaba sobre la cama de una aséptica habitación de hospital que contrastaba con su agonía: paredes blancas, suelo gris, y olor a lejía y desinfectante. Ella estaba allí, mirándole. Ella se llamaba Juana, tenía 68 años y era pobre como una rata. Estaban solos. No había nadie en el mundo salvo ella y aquel hombre que agonizaba. Juana sostenía la mano de su padre mientras le acariciaba el pelo. Los médicos decían que no podía sentir nada, porque su estado era semicomatoso, pero a Juana no le importaba. Le había velado durante meses y sabía que podía oírla y sentirla. Sí, sabía todo eso por sus noches en vela y sus días rotos; noches y días silenciosos por otro lado, a excepción de esa respiración ronca y entrecortada, mezclada (a veces) con los ruidos del pasillo. De pronto, su respiración se detuvo y Juana sintió el alma en vilo. Pero luego regresaron los estertores. Y más tarde llegó otro silencio. Y luego el ruido de estertores. Y después el silencio. Hasta que al final no hubo más estertores y Juana supo que todo había terminado. De modo que le dio un beso en la frente (todavía caliente) y se tendió a llorar sobre el cadáver. Después de unos quince minutos salió al pasillo y llamó a la enfermera. Le dijo que su padre había muerto. La enfermera le contestó: lo siento, y luego añadió que llamaría al médico para que certificase la muerte. A continuación le hizo un electro cardiograma al hombre (o al cadáver del hombre). Antes de salir de la habitación le preguntó a Juana sobre el seguro y Juana no supo qué contestar. Así que se puso a hurgar en la cartera de su padre y allí encontró el número de teléfono de la funeraria. Llamó desde el teléfono de la habitación porque no tenía móvil. No lo había tenido en su vida y no iba a comprarlo ahora. En fin, se dijo, y marcó. Al otro lado de la línea le atendió una joven que le indicó que inmediatamente se desplazaría allí el señor Ramón. Juana se sentó y esperó. Entonces aparecieron el médico y la enfermera. El médico era bajito, grueso y tenía ojeras y cara de sueño (no en vano era de madrugada). Lo que hizo fue auscultar el cadáver y aseverar que efectivamente era un cadáver. A continuación anotó en una libreta la hora de la muerte para rellenar el certificado de defunción. Fue entonces cuando miró a Juana, que estaba sentada en el sillón del acompañante, y dijo: la acompaño en el sentimiento. Ella dijo: gracias, y movió la cabeza con afectación. La enfermera la hizo salir para arreglar el cuerpo y ella aprovechó para sacar un café de la máquina y esperar en el tanatorio. Entonces pensó que el hospital había sido su casa en los últimos meses y que esa era su última noche allí. Sintió lástima. Por extraño que parezca se había acostumbrado a vivir entre enfermos. Y mientras pensaba estas cosas y se tomaba el café, llegó el hombre de la funeraria. ¿Es usted la hija de Inocencio?, dijo el hombre. Sí, dijo Juana. Le acompaño en el sentimiento. Gracias. Entonces Juana eligió el tipo de ataúd, las flores, la misa, y los panegíricos. Y cuando todos los cabos estuvieron bien atados se despidió del señor Ramón, cogió el autobús y se marchó de la ciudad.