La Utopía

Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré.

¿Para qué sirve la utopía?
Para eso sirve: para caminar
.
(Ventana sobre la Utopia. Eduardo Galeano.

CREO EN LA UTOPIA PORQUE LA REALIDAD ME PARECE IMPOSIBLE
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lunes, 27 de diciembre de 2010

Sonrisas para niños enfermos:

- Esta es una Campaña de Solidaridad lanzada por Miguelañez en colaboración con la Fundación Theodora, para aliviar el sufrimiento de niños hospitalizados , porque reir les hace fuertes. Colabora , enviando éste vídeo a tus amigos:


viernes, 24 de diciembre de 2010

-EL OASIS. Un cuento de Navidad para el cambio



Érase una vez un explorador que había iniciado un hermoso viaje.
Un día se cruzó con una caravana que viajaba por el desierto, y se unió a ella para hacer más cómodo su viaje.
Durante el día tenía que soportar un fuerte calor, y por la noche el
frío intenso del desierto, pero también podía apreciar la belleza de las dunas y del cielo estrellado de la noche.
La caravana avanzaba lentamente, sin detenerse, paso a paso, duna a duna. Era una caravana silenciosa donde todos iban muy cubiertos para protegerse del viento y de la arena. Sin embargo, sentía la cercanía de sus compañeros de viaje en las breves miradas que se cruzaban entre ellos, unas miradas concentradas, fuertes, y de profunda determinación.
Y la caravana continuaba avanzando paso a paso, duna a duna.
- Árboles, allí hay árboles – gritó emocionado el explorador.
- Es un hermoso Oasis – comentó una mujer de la caravana – podremos descansar y reponer fuerzas antes de continuar el viaje.
El Oasis era el lugar más hermoso que había visto el explorador.
Acamparon entre los árboles y las palmeras, y se fueron a bañar al estanque. Por unos momentos se olvidaron del desierto y de su viaje.
Las noches eran maravillosas. Tumbados bajo el cielo estrellado, el silencio de la noche era acompañado por la conversación entre amigos de viaje. Unos días inolvidables, llenos de paz, sin peligros, sin preocupaciones, todos bajo la protección del Oasis.
Pero llegó el día en que había que partir.
Esa noche, el explorador pensaba, ¿por qué tengo que irme?, aquí tengo todo lo que necesito. Y decidió quedarse en el Oasis.
Por la mañana todos partieron, menos el explorador. Disfrutó de muchos días felices. Otros viajeros vinieron y también continuaron su viaje, pero él permaneció en el Oasis.
Una tarde sintió un escalofrío, había un viento más caluroso. Miró a lo lejos, solo arena y dunas, nada más. Sintió miedo por primera vez desde que llegó. Esa noche no durmió bien, tuvo un sueño agitado,
con preocupaciones, en él veía que el agua del estanque se agotaba, los árboles se secaban, y la arena del desierto ocultaba el Oasis.
Por la mañana fue a bañarse y se miró en el agua, observó su barba, su rostro y sus ojos, que habían perdido brillo, habían perdido vida.
El temor y la preocupación se habían ido adueñando de su ser, como en su sueño el desierto se adueñaba del Oasis.

- No puedo irme ahora, y perder todo esto, y si no encuentro otro Oasis, todo es tan incierto – se decía a sí mismo.
Recordó a sus compañeros de viaje y se preguntó dónde estarían, y si habrían encontrado otros Oasis en su largo viaje.
- Quizás debí haberme ido con ellos, y ahora estoy aquí, solo - pensaba.
Durante todo el día estuvo inquieto y temeroso, pero al atardecer se quedó observando como el sol se ponía lentamente, y pensó:
- Te vas y me dejas, pero sé que mañana estarás aquí de nuevo conmigo - y saludó al fiel Sol que siempre se iba y siempre volvía.
Se sentó bajo uno de los árboles cercanos al estanque y recordó una antigua técnica para concentrarse, para detener la agitación de su mente, y así poder ver con mayor claridad lo que tenía que hacer.
- Sentado con la espalda recta, en posición cómoda y relajada, para que el cuerpo no me moleste mientras me concentro. Mis manos sobre el regazo, mis ojos cerrados, y mi mente observando con calma mi respiración. Observo como el aire entra y como el aire sale. Mi respiración natural, sin forzar. Observo mi respiración hasta que mi mente se quede en calma, como el agua de este estanque.
Veo mis pensamientos pasar como nubes, y les dejo ir. Estoy aquí, sentado y en calma, observando mi respiración – se dijo a sí mismo.
Toda la noche se quedó sentado hasta que su mente se silenció, y pudo escuchar la voz de su interior. Entonces recordó el motivo de su viaje, y que había olvidado por el espejismo de este hermoso Oasis.
El Oasis había sido como una trampa, porque al olvidarse de sus profundas convicciones había perdido la fuerza que de ellas recibía.




Al salir de su concentración, antes del amanecer, fue consciente de toda la vida que aún le quedaba por vivir.
El Oasis sólo era una etapa más.
Y vio como el Sol comenzaba a iluminar de nuevo el desierto, y hacia él se dirigió, con paso firme, dispuesto a avanzar, dispuesto a vivir.
DEDICATORIA
Este cuento está dedicado a todos aquellos, hombres y mujeres, que  están en dificultades.
“A veces el destino semeja un árbol frutal en invierno. ¿Quién pensaría que esas ramas reverdecerán y florecerán?. Más esperamos que así sea, y sabemos que así será” (Goethe)

Gracias a mis amigos Maxi y Ana por su  mensaje.
FELIZ NAVIDAD  A TODOS . GRACIAS POR VUESTROS COMENTARIOS Y APORTACIONES Y QUE EL PROXIMO AÑO SEA BALSÁMICO PARA VOSOTROS.

jueves, 22 de mayo de 2008

Accesibilidad


El 6º mandamiento del decálogo de "elementos conceptuales de la atención primaria de salud" es según la 5º edición del Martin Zurro la accesibilidad, que en un recuadro se considera "un objetivo irrenunciable de la atención primaria de salud". Se entiende por accesibilidad el que los ciudadanos no tengan dificultades significativas para poder contactar con los recursos sanitarios y utilizarlos. Es decir no debe haber trabas geográficas, ni económicas, ni discriminativas de cualquier otro tipo que impidan utilizar el servicio sanitario. Básicamente siempre he estado de acuerdo con esta idea de justicia social que considero una conquista histórica de los sistemas sanitarios de algunos de los países desarrollados.

He observado, sin embargo, que el concepto de accesibilidad ha ido asimilándose en todos estos años a la idea de que los ciudadanos tienen derecho a tener acceso inmediato a las consultas y las urgencias de atención primaria por cualquier demanda sea la que sea su importancia e incluso pertinencia ("para eso pagan y para eso los profesionales estamos ahí: a su servicio"). Las gerencias se han apoyado en el presunto carácter sagrado de ese concepto para aducir que "en atención primaria no debe lista de espera" e imponer medidas que impiden a los profesionales gestionar de forma racional su consulta, lo que contribuye a la masificación y al deterioro de su calidad. El resultado es que la lista de pacientes de un médico de familia nunca es un número estable y razonable para trabajar con un mínimo de calidad, sino que puede crecer hasta el infinito de por ejemplo 50 o más citas al día, de tal forma que parece que lo que hacemos no es suficientemente importante como para llevar asignado un tiempo mínimo como ocurre en los hospitales. Esto se está agravando por momentos debido a la falta de médicos y a la necesidad de doblar cupos y de sacar adelante las consultas de cualquier manera.

Los médicos de familia llevamos tanto tiempo trabajando en esta situación (que viene de tan lejos), asumiendo lo que Borrell llamaba en el artículo que reseñe el otro día "patología de la prisa", que ya nos parece normal que siempre tengamos que ir corriendo, abandonando el mínimo rigor y sosiego que es fundamental en una profesión como la nuestra para establecer una relación asistencial de mínima calidad; discriminar adecuadamente la demanda; manejar con garantías los problemas de clínicos; preservar nuestra propia salud y limitar el número de errores, lo que por otra parte la sociedad nos exige cada vez con mayor intensidad. Esta situación la tenemos tan internalizada que incluso tener 10 minutos por paciente nos parece una utopía inalcanzable, lo que visto desde fuera resulta realmente cómico y casi un retrato patético de nuestra pobre autoestima profesional (un articulista lúcido como Juan José Millás se admiraba hace un tiempo en un artículo de que en solo 10 minutos un médico pudiera enterarse de lo que le ocurre a un paciente).


En definitiva tengo la sensación de que en todos estos años no hemos sabido proyectar a la sociedad y a nuestros gestores que cada cosa que hacemos precisa un tiempo, el que sea, y que es razonable que nuestra agenda de pacientes sea mínimamente estable y priorizada en función de la importancia de los procesos que se atiendan. Parece que hemos internalizado que el sistema sanitario entero puede venirse abajo si alguien que pretende un certificado para ir de vacaciones a un balneario no puede conseguir cita en el día o si alguien con síntomas leves de catarro no puede ser atendido a las tres de la madrugada después de estar tomando copas por ahí. De esto se han aprovechado los gestores para hacer demagogia populista obviando un análisis serio de la calidad de lo que hacemos y de las prioridades que debe tener un sistema sanitario.

Aunque puede haber variaciones de cifras según los hospitales ¿os habéis preguntado alguna vez porque está asumido por todo el mundo que la lista de consulta de cualquier especialista hospitalario tenga un número limitado de citas y en nuestro caso no sea así?. ¿Os habéis preguntado porque un endocrino o un psiquiatra o un urólogo o un cardiólogo han tenido capacidad de negociar en su cartera de servicios, con apoyo de sus sociedades científicas, una lista de pacientes con por ejemplo 4 o 5 pacientes nuevos y 10 revisiones por día y vosotros tenéis 50 y dos avisos?. ¿Porqué un geriatra puede tener 45 minutos para una primera consulta y vosotros tenéis apenas 5 para, en teoría, hacer las mismas cosas con el mismo tipo de paciente y con menos recursos?.

Se puede estar de acuerdo con que un médico hospitalario tiene que ser riguroso y debe de tener tiempo suficiente para diagnosticar y tratar en la superespecializada medicina moderna. Que ver a un diabético o a un bronquítico crónico ya filtrado precisa por lo menos 15 o 20 o 30 minutos. ¿Pero tiene que ser menos riguroso lo que hace un especialista en medicina de familia que precisa abordar a un paciente que tiene diabetes, cardiopatía isquémica, depresión, artrosis y ese día viene con temblor y a recoger una analítica que le hemos mandado?. ¿Cuánto tiempo se precisa para poner en orden una lista de problemas, los medicamentos activos, dar un consejo adecuado, valorar la capacidad funcional o mental de un anciano?. De inmediato mucha gente dirá que muchas de las citas son solo hacer recetas. O que muchos médicos de familia hacen "faenas de aliño" y no hacen nada complicado. Pero eso es una verdad a medias y es una consecuencia de la "patología de la prisa" que ha sufrido la atención primaria durante tantos años y que ha impedido la adecuada valoración de la capacidad profesional. Hacer, por ejemplo, repetición de recetas y considerarlo una consulta burocrática es una aberración que debería transmutarse en hacer una revisión sistemática de los tratamientos, valorar en serio las interacciones, tener tiempo para intentar que la gente deje de tomar lo que ya no es adecuado o que tome de forma apropiada lo que necesita y de paso ir abordando, poco a poco, las actividades preventivas que han demostrado eficacia.


Un misticismo extraño nos tiene secuestrados. Tanto que, en la práctica, hemos decidido mirar hacia otro lado cuando es un hecho que las unidades docentes no cumplen, en muchas ocasiones, los criterios de acreditación que ha fijado la propia comisión de la especialidad, ni tienen los presupuestos adecuados, de tal manera que la mayoría de las veces la oferta formativa se completa por la colaboración de la industria farmaceútica. Muchos de los tutores de muchos centros de salud tienen demandas y cupos que superan con mucho la dimensión establecida. Sin embargo permitimos que nuestros residentes se formen en esas condiciones deficientes (sobre todo si las comparamos con otras especialidades) y que asuman, desde el principio, una dinámica de trabajo precaria, que nos hace estar de forma continua en una situación vulnerable ante todo el mundo, justificándonos de continuo por lo que no podemos hacer por falta de tiempo y alimentando un sensación de precariedad que a duras penas tratamos de ocultar con un idealismo moralista bastante casposo y trasnochado a estas alturas de la película (mucho más cínico y culpable cuando es utilizado falazmente por los que de nosotros han pasado a la gestión y desde allí tratan de justificar lo injustificable).


Yo no tengo soluciones para mejorar el sistema sanitario. Solo soy un médico y bastante tengo con manejar algunas cosillas con un mínimo de coherencia. No tengo porque jugar al ping-pong conmigo mismo dentro de mi cabeza tratando de ser todo a la vez, no quiero tener extrasístoles por las noches. Solo aspiro a que nuestro colectivo deje de ser el pariente pobre del sistema, el que siempre juega en campo contrario, contra todos los vientos, con todas las chinas en el zapato. Estoy harto de comprender cosas, de justificar situaciones, de esperar tiempos mejores. Creo que tenemos que comenzar a ser más prácticos y realistas, a intentar conseguir cosas concretas, a organizarnos mejor.


Me parece que no es mala idea reivindicar un concepto más racional de la accesibilidad y exigir tener un número relativamente cerrado de citas en el día (vale, incluso asumiendo las citas que se reclamen urgentes). Ese número puede negociarse pero tiene que ser razonable. Nos merecemos la oportunidad de poder demostrar lo que podemos hacer con un tiempo razonable por paciente, lo que podemos aprender si se dan las condiciones adecuadas y se deja prosperar a los mejores. A partir de ahí estoy abierto a todas las evaluaciones del mundo basadas en la competencia clínica. No como las que se hacen ahora, pero de eso escribiré otro día.


El mundo no va a derrumbarse porque una demanda banal espere un poco. Hace seis semanas que hice una ecografía a un paciente con hematuria y lo mandé al hospital, con la foto, para ser estudiado por sospecha de LOE en la vejiga. Todavía no ha sido visto. Y nadie se ha rasgado las vestiduras. Y en este caso, como en tantos similares, quizá alguien tendría que comenzar a rasgárselas.