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La Utopía

Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré.

¿Para qué sirve la utopía?
Para eso sirve: para caminar
.
(Ventana sobre la Utopia. Eduardo Galeano.

CREO EN LA UTOPIA PORQUE LA REALIDAD ME PARECE IMPOSIBLE

sábado, 21 de junio de 2008

"El pescaílla".

Las mentes grandes hablan de ideas,
Las mentes normales hablan de cosas,
Las mentes pequeñas hablan de personas.
Eleanor Rooosevelt.

Quiero yo en esta aportación al blog hablar de una persona que nos enseña una idea, ustedes juzguen.
Un compañero y amigo del centro de salud, con quién compartía un matrimonio de pacientes mayores ( la esposa era de mi cupo y el marido del suyo ) que no estaban bien “avenidos” en los últimos años a pesar de que mantenían casa, hijos e ilusiones ( esto sólo lo supongo ), me contó, recientemente, una anécdota del susodicho paciente-marido ( al que habíamos puesto de mote, amigablemente, “ el pescaílla” por su grácil manera de portar trajes y corbatas de colores chillones así como un sombrero cordobés que retiraba cortésmente y con garbo taurino al saludar ). “El pescaílla” era un paciente que rondaba los 90 años, hombre trabajador sencillo pero que había conseguido cierto capital y patrimonio, con esfuerzo y salero, pues era hombre de riesgo y suerte, tal vez por su manera singular de afrontar la vida, tal como ahora describiré. En los últimos 10 años de su vida había acumulado enfermedades crónicas propias de su edad, ninguna grave, y toleraba la toma continuada de medicamentos correctamente y con buena adherencia, aceptando tal condición con la mayor sencillez y simpleza; así como, también, las diversas disputas familiares que le obsesionaban discretamente con la idea obstinada de que los hijos y esposa querían arrebatarle el patrimonio que duramente había conseguido. Complementaba sus días con la toma de hipotensores, analgésicos, medicación para la próstata y sintrom ( el medicamento que más le agobiaba por la esclavitud a la que le sometían los controles ).
Un día cualquiera, sin que hubiera acontecido ningún avatar o traspiés médico en su salud, se colocó frente a mi amigo ( su médico ) en la consulta y le dijo: “Doctor, hoy es mi cumpleaños, cumplo 90 años; es la edad a la que siempre soñé llegar y ya he llegado, bien de salud y cuerdo. No quiero vivir más. He cumplido con mi vida. Sólo quería decirle que ya no vendré por ningún medicamento, los dejaré todos, no tomaré nunca nada más y que sea la naturaleza la que diga cuándo he de morirme”.
Me cuenta mi amigo y compañero, que en los siguientes meses no supo nada de él hasta que hace unos días alguien le informó que había fallecido en una residencia de ancianos de un pueblo cercano.
Quedé anonadado con esta historia. No es lo habitual. Nuestros ancianos se aferran ansiosamente al medicamento salvador, sin aceptar la condición de mortales, de lo inevitable, falleciendo en muchas ocasiones mientras piden desgarradoramente, infantilmente la última píldora. No sabemos si pudo cumplir su deseo, o si, al final, entró ( o le metieron ) en la rueda de la vida hastiada y convencional, ingiriendo cada 6 horas aquéllos medicamentos que tanto ansiaba abandonar. Quiero pensar que no. Toda una lección. Descanse en paz “ el pescaílla”.