-. Ayer llegaban los mineros a Madrid , tras una larga marcha para protestar porque hay quién se ha quedado con los Fondos MIner que les hubieran permitido subsistir un tiempo precioso para ellos. Si transformamos donde dice minero y ponemos pescador, médico, funcionario, albañil, camarero....... podríamos suscribir buena parte de este vídeo. Hoy nos han vuelto a meter la mano en el bolsillo y nos han quitado la paga extra de Navidad, así como complementos y nos amenazan con la movilidad forzosa. y nos acercamos un poco más al abismo donde nos va a meter esta clase política que no dá ejemplo yéndose a casa y aligerando el coste público de sus macrosueldos y sueldos vitalicios que disfrutan aunque hayan sido unos incompetentes durante su mandato. Y encima a la hora de hablar de la paga extra , a los funcionarios se nos impone mientras a los diputados y senadores les solicita, les ruega el Presiedente del Gobierno , que sean solidarios.¡Qué pena de país!
La Utopía
Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve la utopía?
Para eso sirve: para caminar.
(Ventana sobre la Utopia. Eduardo Galeano.
CREO EN LA UTOPIA PORQUE LA REALIDAD ME PARECE IMPOSIBLE
Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré.
¿Para qué sirve la utopía?
Para eso sirve: para caminar.
(Ventana sobre la Utopia. Eduardo Galeano.
CREO EN LA UTOPIA PORQUE LA REALIDAD ME PARECE IMPOSIBLE
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miércoles, 11 de julio de 2012
miércoles, 4 de julio de 2012
El hombre que pinchó una rueda
-. Hoy , en la consulta , al igual que otros días en los últimos tiempos he visto a varios jóvenes lamentarse de cómo están las cosas , en parte con razón , pero ninguno ha hecho autocrítica sobre las consecuencias del pesimismo en nuestras emociones y sentimientos. Todos los días intento transmitirles la importancia de re-sintonizarse y superar los primeros pensamientos negativos para intentar analizar la realidad con una perspectiva más útil. Es innegable que los tiempos que corren no acompañan para una visión muy optimista , y es verdad que las dificultades y los problemas vienen solitos ó nos los crean alguno de los incompetentes que tenemos en nuestro entorno.
La ejemplificación es una herramienta potente para intentar transmitir esta idea , y a veces recurro al viejo cuento del gato (herramienta para cambiar las ruedas) :
"A un hombre se le pincha la rueda del coche al atardecer en una carretera secundaria mientras circulaba en busca de una estación de servicio y cuando se dispone a cambiar la rueda, con las manos llenas de grasa tras haber explorado el neumático, se da cuenta de que no tiene gato.
Mira alrededor suyo y solamente observa una casa aislada a lo alto de la colina, nada más.
Y hacia allí que se dirige, con la intención de pedir un gato para poder cambiar la rueda y seguir su camino. Mientras anda en dirección a la casa, empieza a darle vueltas a la cabeza:
- Es tarde
- No me conocen de nada
- Estoy sucio
- Me dirán que no tienen gato para librarse de mi
- Es una zona solitaria, seguro que han intentado robarles más de una vez
Y de esta forma se va cargando de negatividad y se va "calentando" él solito, hasta que llega a la puerta y llama. El hombre todavía sigue dándole vueltas:
- No me van a abrir, y si me abren me echarán seguro
- Qué poco solidaria que es la gente...
Cuando se abre la puerta, antes de que la persona de la casa pueda abrir la boca, el hombre le suelta a gritos:
"¡Puedes meterte el gato por el culo, no necesito nada tuyo: antes muerto!", se da media vuelta y se va.
Nuestra conducta es producto de pensamientos que tienen que ver con el diálogo con nosotros mismos y que nos tiñen las emociones de blanco, negro, ó ...gris
La ejemplificación es una herramienta potente para intentar transmitir esta idea , y a veces recurro al viejo cuento del gato (herramienta para cambiar las ruedas) :
"A un hombre se le pincha la rueda del coche al atardecer en una carretera secundaria mientras circulaba en busca de una estación de servicio y cuando se dispone a cambiar la rueda, con las manos llenas de grasa tras haber explorado el neumático, se da cuenta de que no tiene gato.
Mira alrededor suyo y solamente observa una casa aislada a lo alto de la colina, nada más.
Y hacia allí que se dirige, con la intención de pedir un gato para poder cambiar la rueda y seguir su camino. Mientras anda en dirección a la casa, empieza a darle vueltas a la cabeza:
- Es tarde
- No me conocen de nada
- Estoy sucio
- Me dirán que no tienen gato para librarse de mi
- Es una zona solitaria, seguro que han intentado robarles más de una vez
Y de esta forma se va cargando de negatividad y se va "calentando" él solito, hasta que llega a la puerta y llama. El hombre todavía sigue dándole vueltas:
- No me van a abrir, y si me abren me echarán seguro
- Qué poco solidaria que es la gente...
Cuando se abre la puerta, antes de que la persona de la casa pueda abrir la boca, el hombre le suelta a gritos:
"¡Puedes meterte el gato por el culo, no necesito nada tuyo: antes muerto!", se da media vuelta y se va.
Nuestra conducta es producto de pensamientos que tienen que ver con el diálogo con nosotros mismos y que nos tiñen las emociones de blanco, negro, ó ...gris
sábado, 9 de junio de 2012
Se Ruega No Escupir al Médico
- En el periódico El semanal , Pérez Reverte relata una visita a los servicios de Atención Primaria y a Urgencias que resume magistralmente algunos aspectos de nuestro día a día con algunos pacientes. Afortunadamente , hay muchos pacientes respetuosos y agradecidos con la Atención que reciben, pero en este sistema conviven muchas formas de ver las cosas, alguna de las cuales es especialmente desagradable y maleducada, pero creo que son , afortunadamente, minoría.
" Centro de atención primaria, antes ambulatorio. Entre
pacientes esperando turno, acompañando a una persona que necesita
atención, aguardas en el vestíbulo, apoyado en la pared con un libro en
las manos. Frente a ti, impreso en fotocopia, un rótulo pegado con cinta
adhesiva: «El Colegio de Médicos actuará por vía penal contra toda clase de insulto o agresión hacia el personal de este Centro». Al lado, otro de las mismas características referido al Colegio de Enfermeras. Un poco más allá, un tercer cartel: «Se ruega guardar silencio».
En la sala de espera hay sólo una veintena de personas, pero el
guirigay es espantoso: conversaciones en voz alta, llamadas por el
móvil. Parece un mercado. Abundan las protestas a grito pelado, con
intención de que las oiga el personal sanitario que anda cerca, en plan
estoy citada a las cinco menos cuarto y son menos cinco, qué poca
vergüenza, mira qué tranquilas van las enfermeras y nosotros aquí,
esperando, menuda pandilla de golfos, etcétera. Todo eso, expuesto con
la zafia prosodia que manejamos los españoles en nuestras relaciones con
el prójimo. Por supuesto, hay varias señoras de pie y varios fornidos
varones sentados, mirando al vacío como si no las vieran.
Con quince minutos de retraso -plazo razonable, dado el trajín y la acumulación de gente-, entras en la consulta acompañando al paciente. Un médico con claros síntomas de agotamiento atiende sin levantar la cabeza mientras rellena los impresos adecuados. Y cuando a una de sus preguntas el paciente responde: «Desde las vacaciones», el doctor levanta por primera vez la cabeza, lo mira sarcástico y comenta: «Yo no tengo vacaciones». Luego procede al reconocimiento, mientras a través de la puerta cerrada llega el espantoso vocerío que continúa afuera, los gritos y las desconsideradas conversaciones en voz alta.
Toca ir a urgencias. Como ahí la peña anda más perjudicada, el griterío es menor. Algo. Pero no faltan conversaciones telefónicas, voces en alto y protestas. Por la espera, por la falta de asientos, por no poder fumar, porque no hay máquina de café y refrescos. Todo cristo tiene algún agravio sanitario que exponer, directa o indirectamente, cada vez que asoma alguien del centro. Aguantando estoicas las preguntas, las protestas y los malos modos -con el pretexto de enfermedad propia o cercana, la falta de educación alcanza en lugares como éste extremos inauditos-, dos cansadas enfermeras, con una buena voluntad digna de elogio, se ocupan de todo con mucha mano izquierda, resignación y envidiable sangre fría.
Llaman a un paciente. Fulano de tal. No aparece. Alguien comenta que se ha ido, cansado de esperar. No sería tanta urgencia la suya, piensas, aunque procuras no manifestarlo en este ambiente más bien hostil. El próximo paciente es una señora joven, musulmana, con pañuelo en la cabeza, acompañada por su marido, que se levanta para escoltarla. No puede venir usted, dice una enfermera. En urgencias sólo entran los pacientes. Entonces, el marido monta una bronca espantosa. Él no deja sola a su mujer allí dentro, y todos son unos racistas. Él conoce sus derechos. Sale un médico. Intenta convencerlo. El otro levanta más la voz. Racistas, insiste. Al final, claro, entra con la mujer. Entonces todos los pacientes, que habían estado callados mientras las enfermeras y el médico se enfrentaban al marido, estallan en comentarios. Podían irse a que los atendieran en su tierra, y cosas así. Un par de ellos sacan el móvil y se ponen a contar el episodio a su familia, amigos y vecinos. A gritos. Mira tú el moro. Etcétera.
Sales al pasillo y vuelves a la sala de espera. Bajo los carteles que piden silencio, el vocerío es insoportable. Zumba la colmena de conversaciones en voz alta, ordinariez, descortesía y comentarios despectivos sobre el funcionamiento de la sanidad pública española. Se cae la cara de vergüenza, dicen. Y todo eso. Por un momento sientes el impulso de levantar la voz, como todos, para decir: «Tenéis una sanidad pública que no os merecéis, tontos del culo. Que no nos merecemos. Una sanidad fantástica. Gracias deberíamos dar por que esto todavía aguante. Que a saber cuánto dura. En vuestra puta vida, en la nuestra, podríamos pagarlo de nuestro bolsillo. ¿Quién os habéis creído que somos?».
Es lo que te pide el cuerpo decir. Pero no lo haces, claro. En vez de eso, cierras el pico y te apoyas en la pared bajo los carteles donde se advierte a quienes insulten o golpeen a médicos y enfermeras. Luego abres el libro que traías, haciendo como que lees; mientras, en efecto, se te cae la cara de vergüenza."
Con quince minutos de retraso -plazo razonable, dado el trajín y la acumulación de gente-, entras en la consulta acompañando al paciente. Un médico con claros síntomas de agotamiento atiende sin levantar la cabeza mientras rellena los impresos adecuados. Y cuando a una de sus preguntas el paciente responde: «Desde las vacaciones», el doctor levanta por primera vez la cabeza, lo mira sarcástico y comenta: «Yo no tengo vacaciones». Luego procede al reconocimiento, mientras a través de la puerta cerrada llega el espantoso vocerío que continúa afuera, los gritos y las desconsideradas conversaciones en voz alta.
Toca ir a urgencias. Como ahí la peña anda más perjudicada, el griterío es menor. Algo. Pero no faltan conversaciones telefónicas, voces en alto y protestas. Por la espera, por la falta de asientos, por no poder fumar, porque no hay máquina de café y refrescos. Todo cristo tiene algún agravio sanitario que exponer, directa o indirectamente, cada vez que asoma alguien del centro. Aguantando estoicas las preguntas, las protestas y los malos modos -con el pretexto de enfermedad propia o cercana, la falta de educación alcanza en lugares como éste extremos inauditos-, dos cansadas enfermeras, con una buena voluntad digna de elogio, se ocupan de todo con mucha mano izquierda, resignación y envidiable sangre fría.
Llaman a un paciente. Fulano de tal. No aparece. Alguien comenta que se ha ido, cansado de esperar. No sería tanta urgencia la suya, piensas, aunque procuras no manifestarlo en este ambiente más bien hostil. El próximo paciente es una señora joven, musulmana, con pañuelo en la cabeza, acompañada por su marido, que se levanta para escoltarla. No puede venir usted, dice una enfermera. En urgencias sólo entran los pacientes. Entonces, el marido monta una bronca espantosa. Él no deja sola a su mujer allí dentro, y todos son unos racistas. Él conoce sus derechos. Sale un médico. Intenta convencerlo. El otro levanta más la voz. Racistas, insiste. Al final, claro, entra con la mujer. Entonces todos los pacientes, que habían estado callados mientras las enfermeras y el médico se enfrentaban al marido, estallan en comentarios. Podían irse a que los atendieran en su tierra, y cosas así. Un par de ellos sacan el móvil y se ponen a contar el episodio a su familia, amigos y vecinos. A gritos. Mira tú el moro. Etcétera.
Sales al pasillo y vuelves a la sala de espera. Bajo los carteles que piden silencio, el vocerío es insoportable. Zumba la colmena de conversaciones en voz alta, ordinariez, descortesía y comentarios despectivos sobre el funcionamiento de la sanidad pública española. Se cae la cara de vergüenza, dicen. Y todo eso. Por un momento sientes el impulso de levantar la voz, como todos, para decir: «Tenéis una sanidad pública que no os merecéis, tontos del culo. Que no nos merecemos. Una sanidad fantástica. Gracias deberíamos dar por que esto todavía aguante. Que a saber cuánto dura. En vuestra puta vida, en la nuestra, podríamos pagarlo de nuestro bolsillo. ¿Quién os habéis creído que somos?».
Es lo que te pide el cuerpo decir. Pero no lo haces, claro. En vez de eso, cierras el pico y te apoyas en la pared bajo los carteles donde se advierte a quienes insulten o golpeen a médicos y enfermeras. Luego abres el libro que traías, haciendo como que lees; mientras, en efecto, se te cae la cara de vergüenza."
domingo, 18 de marzo de 2012
Si volviera a vivir.........
- .
Me habría ido a la cama cuando estaba enferma en vez de creer que la tierra se detendría si yo no estaba en ella al día siguiente
Cuando mis hijos me besasen impetuosamente, nunca habría dicho "cuidado, estoy ocupada, ahora ve y lávate para la cena", Habría habido mas "te quiero" y más "lo siento"
Pero sobre todo, quiero darle otra oportunidad a la vida, quiero aprovechar cada minuto. Mirar las cosas y realmente verlas... vivirlas y nunca volver atrás. ¡DEJAR DE PREOCUPARME POR LAS COSAS PEQUEÑAS Y COMENZAR A PREOCUPARME POR LAS COSAS BELLAS QUE SI IMPORTAN!!!
No te preocupes sobre a quién no le agradas, quién tiene más o quien hace qué. En lugar de eso, atesoremos las relaciones que tenemos con aquellos que de verdad nos quieren.
SI YO TUVIERA MI VIDA PARA VIVIRLA DE NUEVO -
por Erma Bombeck (escrito después que ella descubriera que se estaba muriendo de cáncer).
Me habría ido a la cama cuando estaba enferma en vez de creer que la tierra se detendría si yo no estaba en ella al día siguiente
Hubiera encendido la vela rosada en forma de rosa antes de que se derritiera guardada en el armario.
Habría invitado a mis amigos a cenar
sin importarme la suciedad de la alfombra y el sofá desordenado.
sin importarme la suciedad de la alfombra y el sofá desordenado.
Habría comido las palomitas de maíz en el "salón de las visitas" y me habría preocupado menos del engorro que suponía cuando alguien quería encender el fuego en la chimenea.
Habría dado mi tiempo para escuchar a mi abuelo
divagando sobre su juventud.
Habría compartido más el día a día con mi marido que con la oficina.
Me habría sentado en el prado sin importar las manchas de la hierba.
Habría compartido más el día a día con mi marido que con la oficina.
Me habría sentado en el prado sin importar las manchas de la hierba.
Habría llorado y reído menos viendo televisión y
más mientras vivía la vida.
En lugar de evitar los malestares de los nueve meses de embarazo, habría atesorado cada momento y comprendido que la maravilla que crecía dentro de mi, era mi única oportunidad en la vida de asistir a Dios en un milagro.
En lugar de evitar los malestares de los nueve meses de embarazo, habría atesorado cada momento y comprendido que la maravilla que crecía dentro de mi, era mi única oportunidad en la vida de asistir a Dios en un milagro.
Cuando mis hijos me besasen impetuosamente, nunca habría dicho "cuidado, estoy ocupada, ahora ve y lávate para la cena", Habría habido mas "te quiero" y más "lo siento"
Pero sobre todo, quiero darle otra oportunidad a la vida, quiero aprovechar cada minuto. Mirar las cosas y realmente verlas... vivirlas y nunca volver atrás. ¡DEJAR DE PREOCUPARME POR LAS COSAS PEQUEÑAS Y COMENZAR A PREOCUPARME POR LAS COSAS BELLAS QUE SI IMPORTAN!!!
No te preocupes sobre a quién no le agradas, quién tiene más o quien hace qué. En lugar de eso, atesoremos las relaciones que tenemos con aquellos que de verdad nos quieren.
lunes, 20 de febrero de 2012
El Jubilado
- Historia de un Jubilado, interpretada por un miembro de un grupo de teatro de Tenerife.
Para no perdérselo...
Para no perdérselo...
domingo, 22 de mayo de 2011
El millonario del espejo
Tiene 23 años, es rubio y porta un tambor a todas partes. Viene viajando desde su pueblo natal, donde alguna vez fue un joven acomodado. Vive en la calle, de lo que la gente le da por su música y sus artesanías. Le gusta que lo llamen Noche, nombre con el que fue bautizado en una ceremonia huichol. Sabe de hierbas y medicinas sagradas, modela cueros, shakiras y metales, y su charla está llena de frases provocativas y juegos de palabras.
“Yo robo”, dice. “Le robo algún talento a cada hombre que pasa: a éste su gracia al andar, a aquél una técnica para hacer collares. Todos me enseñan y de todos tomo algo. Tú puedes robarme lo que quieras. Te aconsejo que me robes mi sonrisa”, dice. Y en efecto, despliega una sonrisa encantadora.
A Noche le gusta dar. Su principal estrategia de supervivencia es compartir. Siempre que se acerca alguien, convida lo que tiene: una cerveza, unas galletas, unos hongos recogidos en el monte. Todo lo que da vuelve, en un círculo virtuoso por el cual siempre tiene lo que le hace falta. Al final de cada día, Noche hace su balance y el simple discurrir de la vida le ha resuelto todo. “Soy millonario”, asegura. “No tengo nada. Pero no necesito nada”.
Cuenta un par de historias maravillosas y se despide. “Cuando me necesites, me encontrarás en el espejo”.
- ¿En cuál espejo?, pregunto intrigado.
“En todos los espejos. En el espejo del baño, en el retrovisor de tu coche… En cada espejo en que te mires, allí estaré yo”.
“Yo robo”, dice. “Le robo algún talento a cada hombre que pasa: a éste su gracia al andar, a aquél una técnica para hacer collares. Todos me enseñan y de todos tomo algo. Tú puedes robarme lo que quieras. Te aconsejo que me robes mi sonrisa”, dice. Y en efecto, despliega una sonrisa encantadora.
A Noche le gusta dar. Su principal estrategia de supervivencia es compartir. Siempre que se acerca alguien, convida lo que tiene: una cerveza, unas galletas, unos hongos recogidos en el monte. Todo lo que da vuelve, en un círculo virtuoso por el cual siempre tiene lo que le hace falta. Al final de cada día, Noche hace su balance y el simple discurrir de la vida le ha resuelto todo. “Soy millonario”, asegura. “No tengo nada. Pero no necesito nada”.
Cuenta un par de historias maravillosas y se despide. “Cuando me necesites, me encontrarás en el espejo”.
- ¿En cuál espejo?, pregunto intrigado.
“En todos los espejos. En el espejo del baño, en el retrovisor de tu coche… En cada espejo en que te mires, allí estaré yo”.
sábado, 19 de febrero de 2011
Dentista en la India
- Para aquellos que , de tanto consumir consultas sanitarias en un sistema como el nuestro que ha banalizado tantas cosas por su gratuidad y por su filosofía de "todo para todos, todo el tiempo", que no saben apreciar lo que tenemos y por lo mismo tanto ellos como los políticos que lo permiten lo están poniendo en peligro, os traigo un pequeño vídeo de lo que es ir al dentista en un poblado de la India, por si acaso un día volvemos a vernos en tener que trabajar de forma similar porque unos ineptos no han sabido mantener algo bueno (aunque muy mejorable) y que ha costado tanto construir:
sábado, 15 de mayo de 2010
Historia del Café Central ó ¡ Cómo pasa la vida!

-Un grupo de amigos cuarentones se encuentran para elegir el sitio donde van a cenar todos juntos.
Finalmente se ponen de acuerdo en cenar en el restaurante del Café Central, porque las camareras son guapas, llevan minifalda y escotes generosos.
Diez años después, los mismos amigos, ya cincuentones, se vuelven a reunir para elegir el restaurante donde ir a cenar. Finalmente se ponen de acuerdo en cenar en el restaurante del Café Central, porque el menú es muy bueno y hay una magnífica carta de vinos.
Diez años después, los mismos amigos, ya sesentones, se encuentran de nuevo para elegir el restaurante donde ir a cenar.Acuerdan cenar en el restaurante del Café Central, porque es un sitio tranquilo, sin ruidos y tiene salón para no fumadores.
Diez años después, los mismos amigos, ya setentones, se reunen de nuevo para elegir el restaurante donde ir a cenar y se ponen de acuerdo en cenar en el restaurante del Café Central poruqe el restaurante tiene acceso para sillas de inválidos e incluso hay ascensor.
Diez años después, los mismos amigos, ya octogenarios, se juntan de nuevo para elegir el restaurante donde ir a cenar. Finalmente se ponen de acuerdo en cenar en el restaurante del Café Central, y todos coinciden en que es una gran idea porque nunca han cenado allí
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